lunes, 14 de julio de 2008

Sábado, 12 de julio de 2008.

Por fin llegó el gran día! Todos, desde el inicio de esta inmersión, esperábamos ansiosamente el momento en que fuéramos llevados a contemplar la majestuosidad de las Cataratas del Niágara; un espectáculo que imaginábamos sin igual y del que estábamos convencidos que sería lo mejor del viaje.

A las 4:00 AM, los profesores pasamos por los silenciosos cuartos de los estudiantes con el fin de despertarlos para dar inicio a esta fascinante aventura. A pesar de las escasas horas de sueño los muchachos parecían más lúcidos que nunca, corrían por los pasillos y se ducharon con la agilidad del que no quiere perder un sólo segundo del día.

Después de un viaje en bus de 6 horas, el condado de Niágara abrió sus puertas para recibirnos. Desde la ventanilla veíamos cómo se imponían parcialmente ante nosotros pequeñas caídas de agua que habían llegado para refrescar nuestros ojos. Descendimos. Fue necesario triplicar el esfuerzo para mantener el control de los estudiantes que querían cruzar rápidamente la avenida para ocupar una buena posición al frente de las imponentes Cataratas.

Simplemente inefable. Un momento inenarrable donde las palabras, a pesar de su belleza, se quedan cortas y prefieren guardar silencio para no fracasar en su intento descriptivo.

Canadienses, árabes, indúes, koreanos, japoneses, franceses, alemanes, españoles, argentinos, mexicanos, venezolanos y, obviamente, colombianos, se dieron cita en este lugar. Todos queríamos ser testigos del poder de la naturaleza, todos anhelábamos sentir la brizna proveniente de las Cataratas en nuestros rostros y enmarcar en nuestros lentes algún recuerdo de éstas. A pesar de la multitud y del ruido generado por tantas voces que expresaban en diferentes lenguas el paisaje ante el cual estaban, el sonido relajante y a la vez excitante del agua golpeando el agua sabía sosegar el espacio y siempre fue más fuerte que todos.

Nuestros muchachos aquietaron su hiperactividad y apreciaron la magia de las Cataratas, le tomaron fotos, se tomaron fotos y emprendieron un paseo por la orilla para examinar el mismo paisaje desde diferentes ángulos para corroborar cada vez más que, sin duda alguna, estaban ante un regalo divino.

Luego de este recorrido, era necesario alimentar el cuerpo e hidratarlo porque lo que venía era mucho mejor.

A una corta distancia, la Skylon Tower, una torre de 160 metros de altura construída en 1964, se erigía para dejarnos contemplar su grandeza y para invitarnos a almorzar en su restaurante giratorio. Los estudiantes se comieron la mejor hamburguesa de su vida, no tanto por la exquisitez de los ingredientes sino por lo significativo del momento. Girar alrededor de una torre inmóvil que parecía cobrar vida y que nos permitía disfrutar de una vista maravillosa de 360 grados donde apreciamos nuevamente las Cataratas del Niágara junto con toda la cuidad, es algo que los estudiantes jamás olvidarán.

Pero lo mejor estaba por llegar. Después del almuerzo, las Cataratas estarían esperando por nosotros.
Hacer una fila de 40 minutos no importó, los muchachos querían conocer de cerca las Cataratas, extenderles la mano y decirles "mucho gusto". Nos montamos en el barco y emprendimos el viaje.
Si era difícil describir la belleza del paisaje desde afuera, desde adentro, cara a cara, simplemente es imposible. A pesar de la restricción de no sacar cámaras porque al mojarse podrían dañarse, muchas salieron de entre los bolsillos disfrazadas con bolsas plásticas para guardar en sus memorias la belleza de este espectáculo.
Mojados y sonrientes terminamos un viaje fantástico del que los estudiantes no han parado de hablar hasta el día de hoy.

Pero si la tarde fue sensacional, la noche no podía ser mejor. Nos montamos nuevamente al bus y emprendimos un viaje de 2 horas hacia Toronto para apreciar un nuevo espectáculo, aunque éste de carácter artificial. Nos llevaron a la CN Tower, una torre de 553 metros de altura en la que disfrutamos de una fascinante vista y combatimos el vértigo en el Glass Floor donde los muchachos se tomaron fotos acostados tratando de capturar la perspectiva del vacío.
Salieron al mirador donde experimentaron la vehemencia del aire en las alturas y se sintieron como ángeles contemplando el mundo terrenal desde le cielo. Sólo palabras de emoción emanaban de la boca de nuestros muchachos, sólo expresiones de admiración tenían para decirle a esta cuidad, sólo deseos de que la noche no terminara era lo que nos expresaban a nosotros, los profesores acompañantes, como si pudiéramos detener el tiempo y congelar un momento tan plácido.

El cansancio ya se había apoderado de todos y ahora era necesario ir al hotel donde nos hospedaríamos. El día se había vivido con gran intensidad, pero debíamos reponer fuerzas porque para el domingo las necesitaríamos.
A un hotel de la cadena Marriot, donde la categoría y la elegancia eran sus principales huéspedes, llegamos a las 12:15 de la madrugada. Allí disfrutamos de una deliciosa pizza en cada cuarto mientras hacíamos una tertulia acerca de lo vivido en este glorioso sábado 12 de julio y compartimos los souvenires que cada uno compró para que su narración en casa se viera acompañada de material tangible y así no perder ningún detalle.

Recuerdos indelebles se instauraron en nuestras memorias, los muchachos gozaron cada segundo del día y se dejaron tocar por la sensibilidad de la belleza, exprimieron sus energías, pero se colmaron de experiencias que significarán horas de charla en cada casa alrededor de una buena taza de chocolate del que sólo en nuestra tierra se ve.

1 comentario:

Anónimo dijo...

PUES SI A UNO SE LE SALEN LAS LAGRIMAS DESDE ACA... COMO SERA ALLA???
BUENO, QUE PESAR QUE EL PASEO LLEGA A SU FINAL, PERO QUE RICO EL REENCUENTRO.